Aquí está la letra de las alabanzas que cantaremos hoy.
Canciones
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El próximo mes de agosto iniciará un nuevo semestre de nuestra escuela bíblica Fundamentos Ministeriales. Si deseas crecer en el conocimiento de la Palabra y prepararte para servir con mayor efectividad, esta es una excelente oportunidad para ti. Te invitamos a inscribirte y a ser parte de esta jornada de estudio y crecimiento espiritual. Acércate con los pastores para más información y para apartar tu lugar.
¡Felicidades a los que cumplen este mes! Celebramos contigo la bondad de Dios hacia tu vida.
- 2 de julio — Génesis
- 6 de julio — Frida Sofía Méndez
- 7 de julio — Omar Méndez
- 8 de julio — Adriana Villena
- 16 de julio — Ronit
- 19 de julio — Marifer Villegas
- 22 de julio — Karelia González
- 27 de julio — Constanza Ariza
- 27 de julio — Angélica Cisneros
¡Que el Señor les bendiga grandemente! Si conoces a alguien más que cumple este mes, favor de avisarnos.
Hoy, 12 de julio
| Área | Persona(s) |
|---|---|
| Sillas | José Antonio, Alexis, Shadai |
| Ujieres | Javier y Alma |
| Programa | Omar |
| Alabanza | Zabdi |
| Niños | José Antonio y Karelia |
| Agua | Alma |
Próximo domingo
| Área | Persona(s) |
|---|---|
| Sillas | Rich y Paco |
| Ujieres | Claudia |
| Programa | Sara |
| Alabanza | Anna |
| Niños | Ronit y Nadine |
| Agua | Fátima J. |
También puedes descargar el calendario completo aquí: Participaciones julio
Boletín semanal
Cada semana estamos publicando un boletín y entregándolo de forma impresa durante la reunión. También lo puedes consultar aquí: Boletín Semanal
Artículos
Imagínate una escena que se repite casi cada domingo. Al terminar el servicio, alguien se te acerca y te dice en voz baja: «¿Ya supiste lo que hizo fulano?» Sin que nadie lo note, en ese momento ya están presentes los tres personajes del noveno mandamiento: el que habla, con la urgencia de contar lo que sabe; tú, que escuchas y decides si echas leña al fuego o lo apagas; y fulano, que ni siquiera está ahí para defenderse. Cada uno responde distinto delante de Dios, y en una misma semana podemos pasar por los tres lugares.
Si eres el que habla, casi siempre hay una raíz en el corazón detrás del impulso: aburrimiento, ansiedad, las ganas de sentirte importante o de conectar con alguien contando algo jugoso. Antes de hablar de otra persona, pregúntate para qué lo vas a contar. Si la respuesta honesta es «para desahogarme» o «para sentirme importante», detente ahí mismo. Algo que ayuda: convierte ese impulso en oración, porque cuesta mucho chismear de alguien por quien acabas de orar. Y si ya se te fue la lengua, no lo dejes pasar; regresa con las mismas personas y corrígelo como puedas.
Si eres el que escucha, cargas con tanta responsabilidad como el que habla. Sin oídos dispuestos, el chisme no tiene a dónde ir. La Escritura nos lo dice sin rodeos: «Los rumores son deliciosos bocaditos que penetran en lo profundo del corazón» (Proverbios 18:8, NTV). Sabe bien, y por eso conviene decidir de antemano que no lo vas a alimentar. No pidas más detalles ni preguntes «¿y luego qué pasó?» Mejor redirige con algo sencillo: «¿Ya hablaste directamente con esa persona?» O simplemente niégate, sin dureza: «Prefiero no hablar de alguien que no está presente.» «El fuego se apaga cuando falta madera, y las peleas se acaban cuando termina el chisme» (Proverbios 26:20, NTV).
Y si el blanco eres tú, enterarte de que hablaron mal de ti duele de una forma especial, porque no estuviste ahí para defenderte. Lo natural es querer aclararlo con todos, o pagar con la misma moneda. Ninguno de los dos es el camino de Cristo. Él «no respondía cuando lo insultaban ni amenazaba con vengarse» (1 Pedro 2:23); dejaba su causa en manos del Padre. Antes de hablar con la gente, habla con Dios. Cuida tu corazón de la amargura y no olvides esto: nadie que mienta sobre ti puede tocar tu carácter, lo que de verdad eres delante de Él. Solo tu reputación queda expuesta, y Dios la defiende mejor de lo que tú podrías.
Estos papeles no son fijos, y por eso el noveno mandamiento es más que una prohibición: es una disciplina diaria de la lengua y del corazón. Al final todo se sostiene en una sola razón: «Digamos siempre la verdad a todos porque nosotros somos miembros de un mismo cuerpo» (Efesios 4:25, NTV). Seamos, como nuestro Señor, testigos fieles.
«No hurtarás». Son dos palabras y no dejan lugar a duda. Pensamos primero en el asaltante o en el que entra a robar a una casa, pero Dios habla de algo mucho más cercano: el que «olvida» devolver lo prestado, el que pide una mordida para agilizar un trámite, el que cobra la hora que no trabajó. Este mandamiento toca el bolsillo, el trabajo y la propiedad, y nos recuerda que la honestidad no se mide solo en lo grande, sino también en lo pequeño.
En el fondo, el octavo mandamiento nos enseña quiénes somos delante de Dios: mayordomos, no dueños. Nuestro tiempo, nuestro dinero y nuestro trabajo los tenemos prestados. Por eso el que roba no solo quita algo a su prójimo; también insulta al Dios que le dio lo que tiene. Y el robo no nace de afuera, nace del corazón. Comenzó en el Edén, cuando la primera pareja extendió la mano hacia lo que no era suyo porque dejó de confiar en Dios. Por eso Agur pidió no tener ni pobreza ni riqueza, para no verse tentado a robar y así deshonrar el nombre del Señor.
El robo se disfraza con nombres bonitos. A la mordida le decimos «para el refresco», a la piratería le damos aire romántico, y al diezmo retenido lo llamamos un descuido. Pero Malaquías fue directo: retener lo que es de Dios es estafarlo. Dios no solo prohibió robar, también enseñó a reparar el daño: la restitución devuelve más de lo que se quitó. No basta con dejar de tomar; el corazón transformado repara, restituye y busca hacer bien a quien perjudicó.
Y ahí aparece la buena noticia. Cristo nunca tomó lo ajeno; a Él lo robaron todo, hasta la vida, y respondió con perdón. Cuando llamó a Zaqueo por su nombre, aquel ladrón se volvió dador y devolvió cuatro veces más. Ese es el poder del evangelio: no solo nos dice «deja de robar», sino que nos enseña a trabajar para poder compartir. El ladrón vive para tomar; el mayordomo vive para dar. Jesús lo dijo con claridad: el ladrón viene a robar y a destruir, pero Él vino para darnos vida en abundancia. No hurtemos más. Trabajemos para dar.
Dios estableció el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer que duraría toda la vida. El séptimo mandamiento es un cerco que cuida ese regalo. Cuando se prometen fidelidad, construyen un espacio donde pueden ser vulnerables sin miedo. Un hombre que rechaza una tentación en el trabajo porque ama a su esposa, cuida el refugio que Dios les dio. La fidelidad hace que el amor crezca en lugar de erosionarse.
La fidelidad es el piso sobre el cual sus hijos caminan. Cuando un niño ve que papá y mamá se respetan y permanecen juntos, crece seguro. No necesita esconderse ante discusiones amargas o el silencio del rencor. El mandamiento protege a los hijos de la inestabilidad que la traición siempre trae a la casa. Les da un hogar donde confiar en que el amor perdura.
La infidelidad destruye el alma, advierte Proverbios. No la tomes a la ligera. Eso quema como fuego en tu propia piel. ¿Conoces a alguien que fue infiel, y ahora no puede mirar a su esposa a los ojos? Ese peso es real. Dios advierte sobre esto porque conoce el dolor que viene después. Nuestro cuerpo es templo del Espíritu; no merece ser maltratado con mentiras ni secretos, ni con las enfermedades que produce la infidelidad.
El matrimonio representa el amor fiel de Dios por nosotros. Cuando mantienes tu pacto, reflejas a Jesús y su Iglesia. La pureza te permite orar con libertad. La culpa de la traición se interpone entre nosotros y Dios. El mandamiento «No cometerás adulterio» nos mantiene cerca de Dios, recordándonos que Cristo nos compró con su sangre. Vivir en fidelidad es vivir en paz con tu Señor.
Apuntes
Declaración temática: Dios protege el nombre, el carácter y la reputación de cada persona, y nos prohíbe usar nuestra boca para destruir lo que Él ha creado a su imagen.
I. El noveno mandamiento toca la lengua
- «No des falso testimonio contra tu prójimo» (Éxodo 20:16)
- Va más allá del testigo en el juzgado: alcanza todo lo que decimos sin saber si es cierto
- Urgente hoy, cuando una acusación sin pruebas viaja por las redes en segundos
II. La verdad sostiene a la comunidad
- El sistema judicial dependía de la palabra de los testigos (Éxodo 23:1-2)
- El testigo falso recibía la misma pena que buscaba para el acusado (Deuteronomio 19:16-19)
- Testificar era un acto sagrado, delante de Dios mismo
III. El mandamiento en sentido amplio
- El chisme comparte lo dañino sin necesidad, sin verificar y sin permiso (Proverbios 10:18)
- La calumnia mata sin derramar sangre; Dios la aborrece (Proverbios 6:16-19)
- Callar la verdad que defiende al inocente también es faltar
- El testigo falso no queda impune (Proverbios 19:5)
IV. La raíz está en el corazón
- «Del corazón salen… la mentira y la calumnia» (Mateo 15:18-19)
- Mentir imita al diablo; hablar la verdad imita a Dios (Juan 8:44)
- Pueden dañar tu reputación, pero no tu carácter delante de Dios
V. Ejemplos bíblicos
- José y la esposa de Potifar: el falso testimonio que no destruyó su carácter
- Nabot y Jezabel: el falso testimonio al servicio del poder
- El juicio de Jesús: el mayor crimen judicial de la historia (Mateo 26:59-61)
- Jesús es «el testigo fiel» que nos limpia con su sangre (Apocalipsis 1:5)
VI. Un pueblo de la verdad
- El que habita con Dios dice la verdad y no chismea (Salmos 15:1-3)
- Vístanse de la nueva naturaleza, que no miente (Colosenses 3:9-10)
- Nos debemos la verdad porque somos un mismo cuerpo (Efesios 4:25)
VII. Los tres personajes del chisme
- El que habla: pregúntate para qué lo cuentas; convierte el impulso en oración (Proverbios 21:23)
- El que escucha: no pidas detalles, redirige y niégate a pasarlo (Proverbios 26:20)
- Aquel de quien se habla: no te vengues; entrega tu causa a Dios (1 Pedro 2:23)
VIII. ¿Qué acciones podemos tomar?
- Antes de hablar: ¿es verdad?, ¿es necesario?, ¿es bondadoso?
- Si difamaste, pide perdón y corrige el rumor con quienes lo escucharon
- Defiende la reputación de tu prójimo y cuida lo que publicas en las redes
IX. Conclusión
- «Digamos siempre la verdad a todos porque somos miembros de un mismo cuerpo» (Efesios 4:25)
- Seamos, como nuestro Señor, testigos fieles