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Canciones

Aquí está la letra de las alabanzas que cantaremos hoy.

En tu luz
Tan consumidos Por tu amor Que hemos perdido El sentido de nuestro Alrededor Nada nos puede Deslumbrar Nada en este mundo Se te puede comparar ///Nadie como tú/// Nadie como tú Jesús Eres nuestra herencia Más que suficiente Nuestro redentor Y Rey, Jesús Muestra tus caminos Y andaremos en tu luz A la luz de tu verdad ///En tu luz vemos la luz///
Vengo a adorarte
Luz eternal A la tierra viniste Mis ojos abriste a ver Belleza que hace Que yo te adore Esperanza de vida en ti Vengo a adorarte Vengo a postrarme Vengo a decirte Que eres Dios Tú eres tan hermoso Sólo tú eres digno Tan maravilloso para mí Rey eternal, Eres muy exaltado Glorioso en tu majestad Con humildad A la tierra viniste Llena de oscuridad Nunca sabré cuánto costó Ver mi pecado en la cruz Clama al nombre del Señor Y él te salvará Vengo adorarte . . .
El gran yo soy
En los momentos Cuando todo es obscuro Y nada se ve En los lugares de sombra O de muerte Cuando el temor invade Todo mi ser En los momentos De prueba o de angustia Yo siempre recordaré Que El Gran Yo Soy Él, es mi pastor Lugares delicados Me dará En pastos verdes Me hará descansar Junto a aguas De reposo me pastoreará Confortará mi alma Él, El Gran Yo Soy Él, es mi pastor
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Cumpleaños del mes de junio

¡Felicidades a los que cumplen este mes! Celebramos contigo la bondad de Dios hacia tu vida.

  • 8 de junio — Karla Sánchez

¡Que el Señor les bendiga grandemente! Si conoces a alguien más que cumple este mes, favor de avisarnos.

Participaciones

Hoy, 7 de junio

Área Persona(s)
Sillas Rich y Paco, Majo
Ujieres Andrea y Madai
Programa Adriana
Alabanza Ricardo
Niños Claudia con Ricardo y Belém
Agua Licho con Beto y Jenny

El próximo domingo

Área Persona(s)
Sillas José Antonio, Alexis, Aneli, Shadai
Ujieres Javier y Alma
Programa Licho
Alabanza Zabdi
Niños José Antonio y Karelia
Agua Alma

También puedes descargar el calendario completo aquí: Participaciones junio

Boletín semanal

Cada semana estamos publicando un boletín y entregándolo de forma impresa durante la reunión. También lo puedes consultar aquí: Boletín Semanal

Artículos
Procura profetizar
Procura profetizar

El Señor exhorta a todos los cristianos a buscar profetizar: «Seguid el amor; y procurad los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis» (1 Corintios 14:1). La palabra «procurad» significa que debemos emprender una búsqueda apasionada, un anhelo que perseguimos. Muchos tratan el área de la profecía como una simple curiosidad, o algo que unos pocos son llamados a realizar. Pablo, en 1 Corintios 14:1, presenta el tema de la profecía como algo que todos debemos buscar.

Examinando el concepto de profecía en el Nuevo Testamento, encontramos que no se trata siempre de predecir el futuro, sino de hablar una palabra que el Espíritu Santo aviva para edificar a las demás personas: «el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación» (1 Corintios 14:3). Profetizar no engrandece al que da la palabra, sino a los que la reciben. Tiene el efecto de construir, levantar, consolar y animar al Cuerpo de Cristo.

En el día de Pentecostés se cumplió la promesa dada a través de Joel: «Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne... vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán» (Hechos 2:17). El don es para toda carne: hombres y mujeres, jóvenes y ancianos. Todos pueden ser usados en profecía, porque no es importante la edad, si es hombre o mujer, si ocupa o no ocupa un cargo particular, porque la profecía viene por medio del derramamiento del Espíritu. Aun en tiempos antiguos, vemos que Moisés anhelaba ver este día: «¡Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta!» (Números 11:29).

Debemos profetizar «conforme a la medida de la fe» (Romanos 12:6). Esto significa que no debemos rebasar la medida de fe que el Señor nos ha dado, añadiendo a la palabra que hemos recibido de nuestra propia cosecha, pero tampoco debemos callar cuando el Señor nos da una palabra, por pequeña que sea. Quizá sintamos una pequeña impresión y creemos que es de parte de Dios. Debemos ser valientes y actuar sobre esas impresiones del Espíritu, siempre con humildad y en orden.

Toda palabra debe probarse: «No apaguéis al Espíritu. No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo; retened lo bueno» (1 Tesalonicenses 5:19-21). La medimos por la Escritura y por el carácter de Cristo, y observamos su fruto. Es importante que el que desee profetizar se sature de la Palabra escrita. Toda palabra profética debe estar de acuerdo con la Palabra escrita, ya que el Espíritu jamás se contradice a sí mismo. Por otro lado, cuidemos de no caer en el extremo de menospreciar las palabras proféticas, simplemente porque en el pasado hayamos tenido experiencias con palabras equivocadas o falsas.

Para comenzar a fluir en profecía, tenemos que aprender a escuchar. La profecía nace de una sensibilidad al Espíritu en oración sin prisa, de apartar tiempo para esperar en el Señor. Poco a poco, aprendemos a distinguir nuestros propios pensamientos de los que inspira el Espíritu Santo, y mientras más obedezcamos las impresiones pequeñas, con más claridad reconoceremos las mayores. Pueden venir como palabras en nuestra mente, alguna imagen que vemos en nuestra imaginación, algo que escuchamos, algún versículo de la Biblia que resalta, o de muchas otras maneras. Lo más importante es aprender a reconocer cuándo alguna impresión es realmente del Espíritu o no.

Cuando se ejerce bíblicamente, la profecía produce un efecto positivo tanto en otros cristianos como en personas que no creen. «Si todos profetizan, y entra algún incrédulo o indocto, por todos es convencido... y así, postrándose sobre el rostro, adorará a Dios, declarando que verdaderamente Dios está entre vosotros» (1 Corintios 14:24-25). Cuando los anhelos más profundos en el corazón de una persona se revelan por el Espíritu, causa sorpresa y revela que Dios existe y que conoce a la persona en lo más íntimo. Hemos visto en varias ocasiones cómo el don de profecía impacta a las personas y les revela la realidad de un Dios vivo que ve y ama a cada persona.

Hagamos espacio para este don en la iglesia y probémoslo todo con amor, de modo que el Espíritu edifique al cuerpo y glorifique el nombre de Jesús.

La ley del reposo y el refrigerio
La ley del reposo y el refrigerio

El cuarto mandamiento es el más extenso de los Diez Mandamientos: más de 130 palabras dedicadas a un solo tema. Esto nos dice algo importante: Dios le da un peso especial al reposo.

«Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios» (Éxodo 20:8-10). Pero este mandamiento no es un frío reglamento; es un regalo. Como enseñó Jesús: «El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo» (Marcos 2:27). Dios diseñó un ritmo para la vida humana: seis días de trabajo y un día de descanso, refrigerio y adoración.

Hay algo hermoso en la posición de este mandamiento. Los primeros tres protegen nuestra relación con Dios; los últimos seis, nuestra relación con el prójimo. El cuarto está justo en medio: es un puente. El día de reposo es para el Señor, pero también para el hombre. En él se unen el amor a Dios y el cuidado del ser humano.

Bajo el Antiguo Pacto, el sábado era la señal entre Dios e Israel (Éxodo 31:16-17). Pero en el Nuevo Pacto, Pablo nos revela que aquellos días de reposo eran «sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo» (Colosenses 2:16-17). La sombra señalaba a la realidad: Cristo mismo. Jesús no nos llama a guardar un día, sino a venir a una Persona: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar» (Mateo 11:28).

La iglesia primitiva comenzó a reunirse el primer día de la semana —el día en que Cristo resucitó y el día en que el Espíritu Santo fue derramado—. No fue un simple cambio de día; fue el nacimiento de algo nuevo: el Día del Señor, fundamentado no en la creación antigua sino en la nueva creación en Cristo.

Hoy, como creyentes del Nuevo Pacto, no guardamos un día por obligación legal, sino que abrazamos el principio del reposo por amor. El ritmo de trabajo y descanso sigue siendo de Dios. Detenernos un día no es debilidad: es confianza. Declaramos que Dios nos sostiene, no nuestro afán. Es también un testimonio contracultural en un mundo que nunca se detiene.

Que el Señor nos ayude a vivir este equilibrio: trabajar seis días para Su gloria, y apartar un día para el descanso, la familia, la adoración y el refrigerio. Porque el verdadero reposo no está en un día, sino en una Persona: Cristo, el Señor del reposo.

Graduación en Uganda
Graduación en Uganda

El viernes 22 de mayo celebramos una hermosa graduación de 7 líderes en Kyamazima, Fortportal, región de Kabarole, Uganda. Estos hermanos han completado su preparación en la Escuela Bíblica Móvil y ahora están listos para servir en sus comunidades.

Damos gracias al Señor por cada vida transformada y por los frutos que siguen multiplicándose en esa nación. Gracias a todos ustedes por sus oraciones y ofrendas fieles que hacen posible este ministerio.

«Muchísimas gracias por todo el apoyo y las oraciones. Con mucho amor, Benon y Hannah.»

Apuntes
Honra a tu padre y a tu madre

Declaración temática: Honrar a nuestros padres es el primer lugar donde aprendemos a vivir bajo la autoridad de Dios.

I. Introducción

  • Con el quinto mandamiento cruzamos un puente: los primeros cuatro miran hacia Dios; los últimos seis, hacia el prójimo
  • El primer prójimo que Dios pone delante de ti no es el vecino ni el jefe: es tu padre y tu madre
  • La familia es la primera escuela; el niño que honra a un padre que sí puede ver es preparado para honrar a un Dios que no ve

II. El mandamiento y su promesa

  • «Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen» (Éxodo 20:12; Deuteronomio 5:16)
  • Honrar es dar peso, dar valor, tratar a alguien como importante; no solo no faltar al respeto, sino darle lugar, escucharlo, cuidarlo
  • Dice padre y madre, los dos al mismo nivel
  • Es el primer mandamiento que viene con una promesa (Efesios 6:1-3)

III. La familia está bajo ataque

  • El enemigo sabe dónde golpear: si destruye la familia, debilita la iglesia, la sociedad y la siguiente generación
  • Cuidar nuestra familia ya no se da por sentado; hay que defenderla a propósito
  • El corazón de Dios: volver el corazón de padres e hijos unos hacia otros (Malaquías 4:5-6)

IV. Honrar en cada etapa de la vida

A. Cuando los hijos son pequeños

B. Cuando los hijos son adolescentes

  • Honrar se ve en el tono de voz, en aceptar la corrección sin pelear
  • La «libertad» de no rendir cuentas a nadie es mentira; deja a muchos solos
  • Los padres: seguir cerca sin asfixiar, ganarse el corazón, no solo exigir respeto

C. Cuando los hijos ya están casados

  • El hijo deja a sus padres para formar un hogar nuevo (Génesis 2:24); su primera lealtad humana es su cónyuge
  • Pero «dejar» no es «abandonar»: sigue habiendo honra

D. Cuando los padres envejecen

  • Honrar se vuelve concreto: cuidar, acompañar, proveer, tener paciencia (Proverbios 23:22)
  • Jesús confrontó a quienes usaban una excusa «espiritual» (corbán) para no ayudar a sus padres (Mateo 15:4-6)

V. Honrar cuando el padre o la madre fallaron

  • No es fingir que no pasó ni tapar el pecado; tampoco obedecer el mal (Hechos 5:29)
  • Es soltar el rencor, no devolver mal por mal y, donde se pueda, buscar restauración
  • «Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo Jehová me recogerá» (Salmos 27:10)

VI. Cristo, el Hijo perfecto

  • Vivió en obediencia a sus padres (Lucas 2:51)
  • Cuidó de su madre desde la cruz (Juan 19:26-27)
  • Lo que nosotros no pudimos, Él lo cumplió por nosotros; honrar a los padres terrenales entrena el corazón para honrar al Padre celestial

VII. Cómo vivir esto

  • Si tus padres viven, búscalos esta semana: una llamada, una visita, una palabra de agradecimiento
  • Si eres padre o madre, la honra no se exige; se gana viviendo delante de los hijos lo que enseñamos
  • Si hay una herida sin sanar, pídele a Dios la gracia de perdonar: el perdón te suelta a ti del rencor
  • Cuida tu casa a propósito, volviendo el corazón unos hacia otros