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Canciones

Aquí está la letra de las alabanzas que cantaremos hoy.

Abre los ojos de mi corazon
Abre los ojos De mi corazón Abre mis ojos, Señor Yo quiero verte, Yo quiero verte Y verte en alto Y exaltado Brillando en la luz De tu gloria Derrama tu poder Y tu amor Cantamos Santo santo santo Santo santo santo Yo quiero verte
Digno es el cordero
Digno es el cordero De recibir La gloria, fuerza, honra Todo el poder Ángeles y querubines Delante del trono Y una nube de gloria Y una nube de gloria Tú eres santo Tú eres santo Tú eres santo
Al que esta sentado
Quiero conocerte, Cada día más a ti Entrar en tu presencia Y adorar Revélanos tu gloria Deseamos ir Mucho mas a ti Queremos tu presencia Jesús Al que está sentado En el trono Al que vive Para siempre y siempre //Sea la gloria Sea la honra y el poder// Tú eres santo, santo, Santo, santo Santo eres tú
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Próximo curso

El próximo mes de agosto iniciará un nuevo semestre de nuestra escuela bíblica Fundamentos Ministeriales. Si deseas crecer en el conocimiento de la Palabra y prepararte para servir con mayor efectividad, esta es una excelente oportunidad para ti. Te invitamos a inscribirte y a ser parte de esta jornada de estudio y crecimiento espiritual. Acércate con los pastores para más información y para apartar tu lugar.

Cumpleaños del mes de julio
Cumpleaños del mes de julio

¡Felicidades a los que cumplen este mes! Celebramos contigo la bondad de Dios hacia tu vida.

  • 2 de julio — Génesis
  • 6 de julio — Frida Sofía Méndez
  • 7 de julio — Omar Méndez
  • 8 de julio — Adriana Villena
  • 16 de julio — Ronit
  • 19 de julio — Marifer Villegas
  • 22 de julio — Karelia González
  • 27 de julio — Constanza Ariza
  • 27 de julio — Angélica Cisneros

¡Que el Señor les bendiga grandemente! Si conoces a alguien más que cumple este mes, favor de avisarnos.

Participaciones

Hoy, 19 de julio

Área Persona(s)
Sillas Rich y Paco
Ujieres Claudia
Programa Sara
Alabanza Anna
Niños Ronit y Nadine
Agua Fátima J.

Próximo domingo

Área Persona(s)
Sillas José Antonio, Alexis, Jorge Altamira
Ujieres Alexis y Mariana
Programa Anna
Alabanza Anna
Niños Ricardo y Amylú
Agua Laura

También puedes descargar el calendario completo aquí: Participaciones julio

Boletín semanal

Cada semana estamos publicando un boletín y entregándolo de forma impresa durante la reunión. También lo puedes consultar aquí: Boletín Semanal

Artículos
El noveno mandamiento
El noveno mandamiento

Imagínate una escena que se repite casi cada domingo. Al terminar el servicio, alguien se te acerca y te dice en voz baja: «¿Ya supiste lo que hizo fulano?» Sin que nadie lo note, en ese momento ya están presentes los tres personajes del noveno mandamiento: el que habla, con la urgencia de contar lo que sabe; tú, que escuchas y decides si echas leña al fuego o lo apagas; y fulano, que ni siquiera está ahí para defenderse. Cada uno responde distinto delante de Dios, y en una misma semana podemos pasar por los tres lugares.

Si eres el que habla, casi siempre hay una raíz en el corazón detrás del impulso: aburrimiento, ansiedad, las ganas de sentirte importante o de conectar con alguien contando algo jugoso. Antes de hablar de otra persona, pregúntate para qué lo vas a contar. Si la respuesta honesta es «para desahogarme» o «para sentirme importante», detente ahí mismo. Algo que ayuda: convierte ese impulso en oración, porque cuesta mucho chismear de alguien por quien acabas de orar. Y si ya se te fue la lengua, no lo dejes pasar; regresa con las mismas personas y corrígelo como puedas.

Si eres el que escucha, cargas con tanta responsabilidad como el que habla. Sin oídos dispuestos, el chisme no tiene a dónde ir. La Escritura nos lo dice sin rodeos: «Los rumores son deliciosos bocaditos que penetran en lo profundo del corazón» (Proverbios 18:8, NTV). Sabe bien, y por eso conviene decidir de antemano que no lo vas a alimentar. No pidas más detalles ni preguntes «¿y luego qué pasó?» Mejor redirige con algo sencillo: «¿Ya hablaste directamente con esa persona?» O simplemente niégate, sin dureza: «Prefiero no hablar de alguien que no está presente.» «El fuego se apaga cuando falta madera, y las peleas se acaban cuando termina el chisme» (Proverbios 26:20, NTV).

Y si el blanco eres tú, enterarte de que hablaron mal de ti duele de una forma especial, porque no estuviste ahí para defenderte. Lo natural es querer aclararlo con todos, o pagar con la misma moneda. Ninguno de los dos es el camino de Cristo. Él «no respondía cuando lo insultaban ni amenazaba con vengarse» (1 Pedro 2:23); dejaba su causa en manos del Padre. Antes de hablar con la gente, habla con Dios. Cuida tu corazón de la amargura y no olvides esto: nadie que mienta sobre ti puede tocar tu carácter, lo que de verdad eres delante de Él. Solo tu reputación queda expuesta, y Dios la defiende mejor de lo que tú podrías.

Estos papeles no son fijos, y por eso el noveno mandamiento es más que una prohibición: es una disciplina diaria de la lengua y del corazón. Al final todo se sostiene en una sola razón: «Digamos siempre la verdad a todos porque nosotros somos miembros de un mismo cuerpo» (Efesios 4:25, NTV). Seamos, como nuestro Señor, testigos fieles.

El octavo mandamiento
El octavo mandamiento

«No hurtarás». Son dos palabras y no dejan lugar a duda. Pensamos primero en el asaltante o en el que entra a robar a una casa, pero Dios habla de algo mucho más cercano: el que «olvida» devolver lo prestado, el que pide una mordida para agilizar un trámite, el que cobra la hora que no trabajó. Este mandamiento toca el bolsillo, el trabajo y la propiedad, y nos recuerda que la honestidad no se mide solo en lo grande, sino también en lo pequeño.

En el fondo, el octavo mandamiento nos enseña quiénes somos delante de Dios: mayordomos, no dueños. Nuestro tiempo, nuestro dinero y nuestro trabajo los tenemos prestados. Por eso el que roba no solo quita algo a su prójimo; también insulta al Dios que le dio lo que tiene. Y el robo no nace de afuera, nace del corazón. Comenzó en el Edén, cuando la primera pareja extendió la mano hacia lo que no era suyo porque dejó de confiar en Dios. Por eso Agur pidió no tener ni pobreza ni riqueza, para no verse tentado a robar y así deshonrar el nombre del Señor.

El robo se disfraza con nombres bonitos. A la mordida le decimos «para el refresco», a la piratería le damos aire romántico, y al diezmo retenido lo llamamos un descuido. Pero Malaquías fue directo: retener lo que es de Dios es estafarlo. Dios no solo prohibió robar, también enseñó a reparar el daño: la restitución devuelve más de lo que se quitó. No basta con dejar de tomar; el corazón transformado repara, restituye y busca hacer bien a quien perjudicó.

Y ahí aparece la buena noticia. Cristo nunca tomó lo ajeno; a Él lo robaron todo, hasta la vida, y respondió con perdón. Cuando llamó a Zaqueo por su nombre, aquel ladrón se volvió dador y devolvió cuatro veces más. Ese es el poder del evangelio: no solo nos dice «deja de robar», sino que nos enseña a trabajar para poder compartir. El ladrón vive para tomar; el mayordomo vive para dar. Jesús lo dijo con claridad: el ladrón viene a robar y a destruir, pero Él vino para darnos vida en abundancia. No hurtemos más. Trabajemos para dar.

El séptimo mandamiento
El séptimo mandamiento

Dios estableció el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer que duraría toda la vida. El séptimo mandamiento es un cerco que cuida ese regalo. Cuando se prometen fidelidad, construyen un espacio donde pueden ser vulnerables sin miedo. Un hombre que rechaza una tentación en el trabajo porque ama a su esposa, cuida el refugio que Dios les dio. La fidelidad hace que el amor crezca en lugar de erosionarse.

La fidelidad es el piso sobre el cual sus hijos caminan. Cuando un niño ve que papá y mamá se respetan y permanecen juntos, crece seguro. No necesita esconderse ante discusiones amargas o el silencio del rencor. El mandamiento protege a los hijos de la inestabilidad que la traición siempre trae a la casa. Les da un hogar donde confiar en que el amor perdura.

La infidelidad destruye el alma, advierte Proverbios. No la tomes a la ligera. Eso quema como fuego en tu propia piel. ¿Conoces a alguien que fue infiel, y ahora no puede mirar a su esposa a los ojos? Ese peso es real. Dios advierte sobre esto porque conoce el dolor que viene después. Nuestro cuerpo es templo del Espíritu; no merece ser maltratado con mentiras ni secretos, ni con las enfermedades que produce la infidelidad.

El matrimonio representa el amor fiel de Dios por nosotros. Cuando mantienes tu pacto, reflejas a Jesús y su Iglesia. La pureza te permite orar con libertad. La culpa de la traición se interpone entre nosotros y Dios. El mandamiento «No cometerás adulterio» nos mantiene cerca de Dios, recordándonos que Cristo nos compró con su sangre. Vivir en fidelidad es vivir en paz con tu Señor.

Apuntes
No codiciarás

Declaración temática: Nadie amanece adúltero, ladrón ni mentiroso; todo pecado empieza como un deseo que se deja anidar en el corazón, la raíz de donde brotan todas las violaciones de la ley.

I. El mandamiento que toca el corazón

  • «No codicies… ninguna otra cosa que le pertenezca a tu prójimo» (Éxodo 20:17)
  • Nadie lo puede vigilar desde afuera: solo Dios y tú saben si lo estás quebrantando
  • Los otros nueve tocan las manos y la boca; este toca el corazón
  • Aquí nadie puede levantar la mano y decir que está limpio

II. El mandamiento que está solo

  • Los primeros nueve tratan el fruto (lo que hacemos); el décimo, la raíz (lo que deseamos)
  • Desear no es pecado: Dios te hizo con la capacidad de desear, y eso es bueno
  • El pecado es desear lo que ya es de otro: «la casa de tu prójimo» se repite ocho veces
  • Dios protege a tu prójimo desde el lugar donde nace la idea de hacerle daño

III. Cómo nace el pecado

  • De nuestros deseos nacen los actos pecaminosos, como un embarazo (Santiago 1:14-15)
  • El pensamiento que pasa no es pecado; el que acaricias, sí
  • No puedes evitar que los pájaros vuelen, pero sí que hagan nido en tu cabello
  • Jesús es el único en quien la tentación no encontró nada adentro (Juan 14:30)

IV. Cuatro historias: vio, deseó, tomó

  • Eva: tenía el huerto entero y quiso el único árbol que no era suyo (Génesis 3:6)
  • Acán: «vi… los deseaba… los tomé», y lo escondió bajo su carpa (Josué 7:20-21)
  • David: la raíz fue el décimo mandamiento; el fruto, el séptimo y el sexto (2 Samuel 11:2-4)
  • Giezi: «se dijo a sí mismo» fue el momento de la concepción (2 Reyes 5:20-27)
  • Ninguno amaneció en el escándalo; todo salió del corazón (Marcos 7:21-22)

V. La codicia es idolatría

  • El avaro es idólatra porque adora las cosas de este mundo (Colosenses 3:5; Efesios 5:5)
  • Lo que codicias se sienta en el trono de tu corazón
  • El décimo mandamiento nos regresa al primero: no tendrás otros dioses
  • La prueba honesta: ¿qué sientes cuando a otro le va bien?

VI. La máquina del descontento

  • La publicidad produce una insatisfacción que no tenías al levantarte
  • El algoritmo estudia tus debilidades y te muestra un anzuelo hecho para ti
  • Es la estrategia más vieja: la serpiente hizo sentir a Eva que le faltaba algo
  • «La vida no se mide por cuánto tienen» (Lucas 12:15)

VII. Cómo vencer la codicia

  • Ten cuidado: la batalla se gana temprano, cuando apenas es un pensamiento
  • Contentamiento: Pablo lo aprendió, y nace de saber quién te cuida (Filipenses 4:11-12; Hebreos 13:5)
  • No es conformismo: un cristiano contento puede tener ambición en el lugar correcto
  • El deseo no se mata, se redirige: codicia los dones de Dios (1 Corintios 14:1)
  • Generosidad: soltar rompe el poder de las cosas sobre ti (Proverbios 21:26)
  • La cura de fondo: que Dios sea tu deseo más grande (Salmos 73:25-26; Salmos 119:36)

VIII. ¿Qué acciones podemos tomar?

  • Identifica tu fuente de descontento y déjala de seguir
  • Alégrate en voz alta por la bendición de alguien más
  • Suelta algo que sí te cueste, no lo que te sobra
  • Da gracias por tres cosas concretas cada noche; el agradecido no alcanza a codiciar

IX. Conclusión

  • Cristo cumplió el mandamiento: no tuvo dónde recostar la cabeza y nunca codició nada (Mateo 8:20)
  • La ley muestra el problema, pero solo Dios da un corazón nuevo (Ezequiel 36:26-27; Romanos 8:3)
  • Codicia lo mejor de Dios, pero no codicies lo prohibido de Dios